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Colección Los Conjurados - Títulos

La Fundación Común Presencia, entidad sin ánimo de lucro y dedicada desde 1989 a la difusión, apoyo y exaltación de los valores universales de la cultura, adelanta diversos proyectos como la publicación de la revista literaria Común Presencia de periodicidad semestral, así como la colección internacional Los Conjurados (de la cual ya han aparecido 35 títulos distribuidos actualmente en cinco países), fiel a su propósito de irradiar las voces de grandes creadores que en diversos idiomas han hecho posible la exaltación de la esencia del hombre.


Fundación Común Presencia

Cra. 10 No. 65 – 77 Piso 4
Tels: 571- 255 04 78, 346 5677

Bogotá, Colombia

comunpresencia@yahoo.com

CUENTO

1. Cuentos perversos: Antología: Apollinaire, Mishima, Sade,
Louÿs, Petronio, Gide...

2. Trilogio: José Chalarca
3. Los matices de Eva: Maribel García Morales
4. Oficios de Noé: Guillermo Bustamante Z.
5. El público en escena: Enrique Ferrer Corredor
6. Del amor inconcluso: Fabio Martínez.
7. Habana roja: Sara Fernández Rey
8. Cuentistas bogotanos: Antología
9. El dios ebrio: Hermínsul Jiménez Mahecha


P O E S Í A

1. Poesía vertical: Roberto Juarroz
2. Mi cuerpo es mi camino: Adonis
3. La palabra liberada: Gonzalo Márquez Cristo
4. Revelación y caída: Georg Trakl
5. Antología esencial: Amparo Osorio
6. De la incesante partida: Mauricio Contreras H.
7. Poemas escogidos: Giuseppe Ungaretti
8. La otra vida: Rodolfo Alonso
9. Por decir así: Alfredo Chacón
10. Silencio de la huella: Germán Villamizar
11. Una temporada en el infierno: Arthur Rimbaud

Iluminaciones, Carta del vidente

12. Inconsistencia de la mirada: Enrique Rodríguez Pérez
13. Poemas perversos: Antología internacional
14. Ciega luz: Hernando Guerra
15. Inti Manic: Juan Sebastián Gaviria
16. Antología poética: António Ramos Rosa
17. Saldo a favor: Eduardo Cruz Vázquez
18. Vigilias: Javier González Luna
19. La coma de la luna: Antología poesía mexicana
20. Oscuro nacimiento: Gonzalo Márquez Cristo
21. Cementerio: Mario Eraso Belalcázar
22. Sólo queda gritar: Felipe Martínez Pinzón
23. Ensayo sobre las cosas simples: Mairym Cruz-Bernall
24. Ulises y su perro (Antología): Claude Michel Cluny
25. Las excusas del desterrado: Robert Max Steenkist
26. El derviche y otros poemas: Jorge cadavid
27. Cuadernario: Luis Alejandro Contreras
28. Allí donde brota la luz: Jorge Nájar
29. Las sombras del asedio: Argemiro Menco Mendoza
30. El amor, la muerte y otros vicios: Casimiro de Brito
31. Sombra embestida: Hernando Guerra
32. Estación del instante: Miguel Torres Pereira
33. Palabras sin escolta: Elsa Tió
34. He venido a ver las nubes: Gustavo Tatis Guerra
35. Eternidad visible: María Clara González
36. Emprender la noche: José Zuleta Ortiz
37. La tentación inconclusa: Hellman Pardo
38. Casa Tiempo II: Yuichi Mashimo
39. Navíos de Caronte: Carlos Fajardo Fajardo
40. Poetas Bogotanos: Antología - 24 autores

41. Bodegones: René Arrieta
42. Objetos que nos miran: Olga Malaver



E N S A Y O

1. Pedro Páramo: murmullos... Fabio Jurado Valencia
2. No vi otro refugio: Mauricio Botero Montoya


T E S T I M O N I O

1. Discursos Premios Nobel 1: Perse, Saramago, Faulkner, Camus, Paz, Hemingway, Neruda, Walcott, Grass,Quasimodo, García Márquez
2. Discursos Premios Nobel 2: Milosz,Cela, Kawabata,Morrison, Elytis, Heaney, Mahfouz,Naipaul, Böll, Szymborska, Brodsky
3. Discursos Premios Nobel 3: Montale, Eliot, Gordimer, Russell, Mistral, Seferis, Kertész, Seifert, Soyinka, Golding, Steinbeck


Material Fotográfico del Blog 
Derechos reservados
© Gonzalo Márquez Cristo


HERMÍNSUL JIMÉNEZ MAHECHA

El dios ebrio
ISBN 978-958-8418-10-0
Colección Los Conjurados
comunpresencia@yahoo.com
Obra pictórica: Luis Cabrera

Nació en Pasto (1960). Licenciado en Filosofía y Letras (Universidad de Nariño, 1982), Magister en Etnoliteratura (convenio entre las Universidades de la Amazonia y de Nariño, 1996) y Doctor en Ciencias Pedagógicas del Instituto Central de Ciencias Pedagógicas de Cuba (2005). Profesor de las Universidades de Nariño (1982-1985) y de la Amazonia (desde 1986). Poemas, cuentos, ensayos y reseñas han sido publicados en varias revistas universitarias y periódicos regionales del país. Dirige, desde 2006, Maniguaje, taller de escritura integrante de la Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa del Ministerio de Cultura. El dios ebrio y otras ficciones es su primer libro.


VARIACIÓN
Existen historias sobre historias e historias sobre olvidos.
Un ermitaño llamado Sosístrato, varios siglos después, en el borde de la llanura calcinada, recibió la visita de un peregrino de mirada extraviada que le habló del mar humeante, de las ciudades arrasadas por la lluvia de fuego y de sentir bajo la piedra a la mujer atormentada, gimiente y sudorosa bajo el azote del mediodía.

Una historia cuenta que Sosístrato recordó a la mujer a quien la cólera del que todo lo sabe la convirtió en la figura de sal que, por encima del hombro, miró al misterio. Sosístrato quiso redimirla bautizándola y, en retribución, ella sólo pudo decirle una palabra y el ermitaño murió sin conocer las artes de su visitante.

Otra historia hace que el misterio perviva. A lo largo de los años, distintos viajeros se han visto sorprendidos como sonámbulos que despiertan lamiendo, embelesados, la espantosa amalgama de carne y de peñasco; muchas veces, además de los hombres, también las bestias recorren con su lengua ávida las aristas de la carne salina. Muchos viajeros dicen haber escuchado, en los jirones de viento que sobrevuelan las dunas, los gemidos placenteros y los jadeos sagrados de la mujer que recuerda, bajo la costra arenosa en su carne salada, los temblores y fuerzas que nunca podrá sentir el que todo lo sabe.

CUENTISTAS BOGOTANOS

Cuentistas Bogotanos - Antología
ISBN 978-958-8418-032
Colección Los Conjurados

comunpresencia@yahoo.com
Obra pictórica: Fernando Maldonado

Este libro consagrado al género del cuento, y a los cultores de su artificio nacidos en la Ciudad de Bogotá, presenta 16 autores, por cuyas palabras circulan los sueños, el asombro y hasta el desengaño de varias generaciones. Autores de variadas tendencias y filiaciones, aportan su escritura para forjar en nosotros una sensación de placer, de extrañamiento, de levedad y consumación. Se trata de una selección exigente porque el campo de acción del género es deslumbrante pero con frecuencia inaprehensible, como lo señala Iván Beltrán Castillo prologuista y compilador de la antología.
Los autores compilados son: Miguel Torres, Luis Fayad, Francisco Sánchez Jiménez, Mauricio Botero Montoya, Lina María Pérez, Luis Darío Bernal Pinilla, Roberto Rubiano, Felipe Agudelo Tenorio, Guido Leonardo Tamayo, Colombia Truque Vélez, Julio Paredes, Evelio Rosero, Juan Carlos Botero, Hugo Chaparro Valderrama y Enrique Ferrer Corredor.


SARA FERNÁNDEZ REY

Habana roja
ISBN 978-958-8418-032
Colección Los Conjurados
comunpresencia@yahoo.com
Obra pictórica: Chocolate


(Galicia, Marín, España). Licenciada en medicina. Luchó varios años contra Franco y tuvo juicio en el Top (Tribunal de Orden Público), organismo que juzgaba los delitos políticos. Visitó por primera vez Cuba en el año 83, y desde entonces, cada año, ha pasado cuatro meses en la isla, alternando esas estadías con sus contratos en varios países de África y visitas a España. Estas siete historias de la Habana roja, fueron escritas en 2006, pero recogen las experiencias de la autora a partir de sus primeros viajes, y son un reflejo de la evolución vertiginosa de ese país durante las últimas décadas.


LA SOMBRILLA

Despertó en una cama de cuidados intensivos y miró alrededor. Desde la ventana, la flaca, pasaporte azul en mano, lo observaba. Los médicos le habían diagnosticado traumatismo craneoencefálico. Pronóstico reservado.
Llovía en la Habana. Cesaba, salía un rato el sol y volvía a diluviar. Los paraguas no servían de mucho; el viento los viraba y se destrozaban. La gente los llevaba plegados.
Él de Yurina, con el puño de madera, le servía de bastón. Días atrás se había doblado un tobillo al torcérsele el pie, calzado con las altas plataformas rojas. ¡Los últimos zapatos que le quedaban! El esguince resultó fuerte. Era la primera vez que volvía a caminar. Una venda mugrienta tapaba el derrame aún violáceo y una zapatilla cortada, más sucia todavía, albergaba el hinchado pie.
Después de parir al niño quedó gorda, barrigona y los hombres no le caían arriba como antes.
Desde que fue madre ya casi no salía, no bailaba, no tenía quien la invitara a las juergas, donde se cansaba de tomar tragos y esas cervezas a las que se había habituado. Pensó que con el hijo, el extranjero se la iba a llevar: ¡parecía tan enamorado! Pero no fue así, no quería responsabilidades y desapareció. Cuando vino a darse cuenta ya era tarde para sacarse la barriga. Quiso al niño desde que lo vio en el hospital. Pero le jodió la vida.
¡Ella, que tanto bonchaba, que tan fuerte vivía a pesar de las dificultades! En aquellos tiempos se sentía libre, sin ataduras. De fiesta en fiesta, conocía todos los cabarets de la Habana. La llamaban «la reina de las jinetes». Bailaba tan bien que hacía enloquecer a todos esos yumas horteras que la sacaban de rumba y de los que se reía después de emborracharlos con ron, vueltas, giros y sensualidad. Cuando llegaban a la cama, a pocos se le empinaba y, a los pocos, mal. Barrigones, calvos, con pinta de tenderos de barrio. Macarras de cadena y anillos de oro. Le daba igual: salía, tomaba, bailaba y respiraba, haciendo guiños a sus compañeros y compañeras de oficio.
Ahora era distinto: cada día que pasaba se amargaba más. Con la lactancia las tetas no volvieron a ser las mismas. La barriga no retornaba a su lugar. No tenía tiempo para dedicar a sí misma y, su frente y ceño, casi siempre fruncidos, comenzaban a marchitarse. Debía hacer algo, pensó, empezaba a detestarse, a maldecir su vida y a odiar todo lo que la rodeaba. Incluso a las que veía en la calle con su antiguo uniforme, montadas en brillantes plataformas y vestidas como para hacer gimnasia: Esas Barbys que volvían locos a turistas y cubanos.
Delante de Yurina caminaba una pareja típica, él, negro, alto, corpulento, con pinta de guapetón. De su mano una blanquita delgada, moderna sí, pero escuchimizada. Miraban el pasaporte azul. Se abrazaban y parecían felices, él reía a carcajadas. ¡Había pescado a una extranjera que se lo llevaba!, pensó Yurina, «¡¡¡Mierda!!!», gritó tan alto que se dieron la vuelta y la miraron.
Siguió obcecada, cadavérica, con ojeras por la falta de sueño «¿Cuando voy a poder dormir? ¡Coño! ¿Es que las madres no tenemos derechos?». Se miró en una vitrina y pensó que dentro de unos años estaría completamente ajada, decrépita. «¡A la mierda el socialismo, los macetas, el pueblo, los turistas! ¡Los dirigentes!: Esos, esos tienen la culpa hasta de las secas y los ciclones». No resistía más.
Una película pasó ante sus ojos: Un día, hace más de diez años, cuando más bonita lucía y le iba tan bien jineteando, vio a un negro guaperas, alto, fornido, de labios gruesos finamente dibujados. Perfectos e impolutos dientes blancos y una sonrisa franca, llamativa. Bien vestido, pitusa negro y elegante camisa de raso amarilla, hablaba en inglés con un amigo. Debía ser de Jamaica, un rico jamaiquino y ¡rico para comérselo! Les preguntó la hora. Mientras Irán, el amigo, miraba el reloj, Lewis, el negrón, le comentaba algo en inglés. «Son las cinco» dijo Irán. «¿Te parece bien si tomarnos unas cervezas, linda? Invita mi amigo, es de Bahamas. Viene de negocios y yo soy su traductor, sé que le gustan las cubanitas hermosas como tú». «Yes, boy ¡adelante! Él, tampoco está nada mal ¿Adónde vamos?» preguntó Yurina. Hablaron entre ellos y comenzaron a andar hacia Los Marinos en la avenida del Puerto. Por el Malecón, ya cerca de Prado, se encontraron con una amiga de ella, también era vistosa y la invitaron a sumarse al grupo. Con Irán traduciendo iban hablando banalidades, bajo un sol que todavía quemaba. «¿Chico por qué no cogemos un taxi?». «Al yuma le gusta pasear, disfruta de nuestro malecón y está habituado al sol». «Aguanta chica que ya falta poco» le dijo la amiga.
Llegaron, se sentaron a la sombra mirando la bahía y charlaron al ritmo de la música que todos coreaban. De vez en cuando, mientras ellos hablaban, ella lo hacía con la amiga: «A este negro me lo echo hoy, ¿viste lo bueno que está? Y se ve que tiene fula, mira el reloj de oro. Me lo tiemplo, me lo tiemplo bien templao, como no se lo han hecho nunca, y me lleva pa’ Bahamas». Después de unas cuantas cervezas y unos sándwiches, bailaron. Se pegaba a él, sinuosa, tierna. Le gustaba. Hoy no habría barrigones ni calvos medio impotentes. Sería su gran noche, lo enamoraría. Siguieron bailando con desenfreno, ella le bajeaba y él respondía con tremendo arrebato. La vacilaba a gusto.
«No te puede llevar al hotel, chica, eres cubana» dijo Irán. «Pero yo conozco un sitio cerquitica de aquí, limpiecito y correcto donde podemos quedarnos los cuatro» «Vamos a gozar» contestó Yurina.
Fue una fiera. Menuda noche, no la iba a olvidar en su vida. Ni ella tampoco. Se durmieron sudorosos, agotados y abrazados.
Por la mañana, besándola, la despertó: «Voy al hotel a por dinero, espérame aquí» le dijo por señas y en inglés. «Sí, mi macho» respondió ella y siguió durmiendo arrobada.
Meses después, lo vio sentado en una guagua y le sonó un galletazo: «¡¡Cabrón!! ¿Pensabas que no me ibas a ver más? ¡Desgraciado!, yo te mato». Él la miró y recordó. ¡Había pensado en ella tantas veces!, fue tan feliz aquella noche. Carne, carne cubana, magnifico culo, tetas bien colocadas y bonita, preciosa. «Chica mira que eres malagradecida ¿Acaso no pasamos una maravillosa noche? Quizás de las mejores entre tanta mierda que tenemos que tragar todos los días». «Me desgraciaste, me quedé esperándote». «Y yo con el deseo de volver ¡Pero quién ha visto! Jinetero y jinetera enamorados. ¿A dónde nuestros planes de enganchar a un yuma que nos saque? ¿De dónde los fula para la ropa que nos gusta y las juergas nocturnas? No chica, no, tú y yo somos iguales. Pero no sigas brava conmigo. Mira, aquel día habían caído en mis manos unos billeticos y me los quise gastar con gusto. Por eso te elegí a ti. Si te llego a decir quién era, que soy cubano, no vienes. Paseamos bajo el sol hasta derretirnos, porque no me llegaba la plata para el taxi. Bebimos, comimos, sólo un sándwich, no había para más, bailamos y templamos como locos en la posada. Al día siguiente, mi amigo reía y yo lloraba. Pero no podía hacer nada. Hoy, por ejemplo, no llevo un peso para invitarte ni a un trago».
Ella lo perdonó, bajaron juntos y se despidieron deseándose buena suerte y pensando que tal vez un día se encontrarían en algún país.
Seguían caminando, el chaparrón había cesado, delante estaba él con su pasaporte nuevo y flamante, la flaca lo besaba.
La rabia contenida pudo más que ella. De un paraguazo le abrió la cabeza.

FABIO MARTÍNEZ

Del amor inconcluso

ISBN 958958-97620-4-2
Colección Los Conjurados
comunpresencia@yahoo.com
Obra pictórica: Fabiana Peña

Nació en Cali, Colombia en 1955. Ha publicado los siguientes libros: Un habitante del séptimo cielo, Fantasio, El viajero y la memoria, Pablo Baal y los hombres invisibles, Club social Monterrey, Cuentos sin cuenta: Antología de relatos de escritores colombianos de la generación del 50, La búsqueda del paraíso: Biografía de Jorge Isaacs. Realizó una maestría en Estudios Ibéricos e Iberoamericanos en la Universidad de la Sorbona, París III (Francia) y es Doctor en Semiología de la Universidad de Quebec, Montreal, Canadá. Ha obtenido las siguientes distinciones: Mención Especial en el Concurso de Novela «Ernesto Sábato» 1987. Primer Premio de Ensayo latinoamericano «René Uribe Ferrer», Medellín, 1999. En la actualidad es director de la Maestría en Literatura colombiana y latinoamericana de la Universidad del Valle y columnista de El Tiempo-Cali. El libro Del amor inconcluso (Colección Los Conjurados, 2006) obtuvo el Primer Premio Jorge Isaacs, 1999.


Marta y el cazador

1

Desde hace quince años, Marta Borrero es mi mujer. Como en todo este tiempo no la he podido conocer, consulto el Diccionario Enciclopédico de Biología. La Biología es la mitad del destino de la mujer, dice, y gracias a la ciencia puedo hacerme a una idea más o menos clara de ella:

Marta: Carnívoro de los bosques de Asia y Europa que posee una piel preciadísima, sobre todo en invierno, cuando el pelaje luce en toda su belleza. Muchas veces su magnífica defensa contra el frío le atrae la bala del cazador, que toda la vida la persigue con codicia.

2

Con Marta nos acabamos de separar. Después de quince años de vivir juntos (hoy a la miseria humana le llaman vida), me queda una foto que nos tomamos en Miami, al lado de unos cachorros de león, y una cantidad de cuentas en rojo. Recuerdo que cuando nos acercamos a la jaula donde estaban los felinos, Marta y yo casi no podíamos sonreír por el olor nauseabundo que salía de la jaula. Marta por nada vomita.

Hoy, vuelvo a mirar el escenario de nuestro último viaje, y descubro con dolor que la foto que nos tomamos en aquella ocasión aún conserva el olor nauseabundo.

3

Marta ahora vive con el cazador. Él, como hombre boyante que es le ha regalado un cachorro de león para que le sirva de mascota cuando por razones de trabajo se ausenta de casa. Marta contempla al felino y, apenas llega a sus napias una corriente de aire nauseabunda, deja de sonreír, y le dan ganas de huir y mandar todo a la mierda.


Derechos reservados
© Fabio Martínez

http://cuentobreve.blogspot.com/


ENRIQUE FERRER CORREDOR

El público en escena

ISBN 958-97620-2-6
Colección Los Conjurados
comunpresencia@yahoo.com
Obra pictórica: Germán Londoño

Colombo-venezolano nacido en 1963, con gran trayectoria académica, divide su tiempo entre la literatura, la economía, la ciencia política y su afición al fútbol rojo. Realizó una maestría en Lingüística y Literatura y adelanta un doctorado en España. Es profesor de las universidades: Pedagógica Nacional, Externado de Colombia y la Escuela Colombiana de Ingeniería. Imparte la cátedra de poesía hispanoamericana en el Instituto Caro y Cuervo. Con «La otra muerte de Salazar» obtuvo el segundo puesto en el concurso de Cuento Ciudad de Florencia. Viajero incansable y colaborador de diversas publicaciones nacionales e internacionales, entre las cuales destacamos El Sueño de Samsa y Común Presencia. Fundador y director de Papeles... Perteneció a los talleres de escritores de la Universidad Central en Colombia y Zaranda en Venezuela. Ceniza de luna, su primer poemario, fue publicado en 1994 y tuvo dos ediciones más en 1998. Su libro de cuentos El público en escena (Colección Los Conjurados, 2005) es testimonio de su incansable rigurosidad.


Juego amigo
Vuestra realidad me confunde
Miguel de Cervantes
, Don Quijote

Recuerdo las casas del barrio de mi infancia atravesadas en la parte trasera de los amplios solares por una quebrada; recuerdo las paredes sin empañetar, las tuberías aéreas siempre reformadas, los escombros acumulados tras interminables arreglos de albañilería; también se hacían interminables las adiciones de cuartos cuando la familia crecía. Muchas cosas he olvidado y otras permanecen como una fotografía, detenidas en su presente. Dos me persiguen en mis noches de pesadilla, las ratas rondando la quebrada y un hueco en una pared de nadie. Las ratas eran de gran tamaño, un gato pequeño podría temerles incluso, arrastraban las trampas de metal con borde de sierra, trepaban sus bultos por las paredes y desaparecían entre los tubos rotos, entre los quiebres de las paredes y la maleza. Al muro le habíamos hecho un boquete, era un hueco sólo hacia fuera, pues lo cerrábamos cuando queríamos con una caneca repleta de ladrillos y bloques partidos; desde allí mirábamos en ocasiones hacia un barranco, nos interesaba la vista pues la pendiente casi perpendicular dejaba inútil el terreno para nuestros juegos de adolescentes. Entre los solares y la quebrada había muros improvisados, tejas amontonadas entre mallas de angeo con trozos de madera a manera de cuñas. Cada familia tenía reglas de uso de los solares y del área común de la quebrada, nuestro espacio de juego cada tarde terminaba en el solar, algunos ya con la mirada de los adultos, ya por descuido, traspasábamos esta frontera y llegábamos hasta la quebrada; ésta atravesaba la ciudad canalizada hasta aquí, pestilente entre las casas allá, como en nuestra cuadra.

Habíamos implementado un sistema de comunicación entre los solares, con las cuerdas de la ropa, con los cables recientes de la televisión, con otros cables y alambres; eran cuerdas puestas con gran paciencia para enviarnos mensajes en papeles, para jugar en la distancia juegos de adivinanza, incluso cambiábamos objetos livianos en este correo de la quebrada. Servía para evadir castigos, el encierro obligado e incluso el miedo al caño y a los roedores. Contábamos historias, hicimos nuestras primeras novias a través de la correspondencia entre casas altas y bajas, de un lado a otro del vecindario. Aprendimos a explorar la zona encerrada por la cloaca fluvial, el espacio estaba aislado para los extraños pues la manzana gigantesca e irregular estaba cerrada por nuestras casas, en un extremo había un muro y en el otro la quebrada venía ya sumergida. Para evitar la incursión de intrusos en el único extremo posible se había levantado el muro, del otro lado el vacío y la caída del agua nos protegían. Allí abrimos un agujero muy pequeño, sólo cabía con dificultad un muchacho de nuestra edad, luego lo tapamos con la caneca y la llenamos de materiales de construcción desechados, llena era imposible moverla.

Alguien pensó en la pequeña cascada cuando ya la quebrada abandonaba la cuadra, era una caída de tres metros, quizá cinco; a nosotros nos parecía un precipicio, nuestro mundo terminaba muy pronto en los solares cercados y la escuela a tres calles. Yo insistí en hacer barcos y dejarlos caer para tomar fotos, nos divertimos toda la tarde hasta la idea de tomarlos al caer por la cascada y dejarlos perder en el curso del río. Teníamos que desocupar la caneca y luego desplazarla entre varios, el espacio en la pared apenas si permitía sacar la cabeza al vacío, los más osados caminaban por el borde del canal aferrados a los ladrillos. Al otro lado el canal con su agua hedionda se abría el doble de su ancho, la caída era de al menos cinco metros, era casi imposible el acceso del otro lado hacia nuestro territorio. La quebrada salía por debajo de un planchón de concreto y continuaba encausada en un trecho breve y luego seguía abierta entre la maleza hasta perderse en el horizonte casi despoblado de la ciudad y encerrado entre árboles a su acecho. La corriente se hacía más rápida y el volumen del río nos recordaba nuestros viajes al llano. Así, poníamos los barcos a veces de papel, a veces hechos con tablas de las cajas de frutas y templábamos sus velas con franelas viejas, incluso llegamos a arrojar barcos de plástico muy caros a nuestro afecto, los de pilas eran un privilegio de días de fiesta.

Aquella tarde nuestros regalos de Navidad habían ganado en edad, de los carros de bomberos pasamos a objetos más sofisticados, yo tuve mi primera cámara fotográfica a los once años, habíamos tomado algunos retratos toda la tarde de lado a lado de la quebrada y queríamos tomar el atardecer y aún más, echamos un barco al agua y corrimos hasta el hueco para verlo caer y tomarle fotos con la noche ya encima, la luz iba doblando la tarde y necesitamos de la ayuda del flash, nos sentíamos todos unos expertos. Entonces al asomarme por el muro, me encontré una imagen aterradora y tatuada hasta hoy en mi memoria: Detrás de unos débiles matorrales había un camión negro con carpa roja, algunos hombres con camuflado y botas agredían a empellones a tres siluetas al parecer hombres, los hacían correr y jugaban a dispararles a los pies, el ruido de los disparos completaba la escena en medio de las primeras sombras. Sus manos siempre juntas me confundieron entre un pedido de clemencia y su condición de prisioneros. Cansados del simulacro, sus captores los golpearon y los tiraron de los cabellos. La noche nos sorprendió turnando nuestras cabezas mientras perdíamos uno de nuestros barcos en el horizonte, justo en el camino de las sombras de nuestros amorfos visitantes; tomamos las tres últimas fotos con el sol ya casi marchito y con el flash nuestra inocencia adolescente registró lo ignorado, nos encontramos con la historia no oficial despertada con nuestra despedida de la niñez. Sentí una sensación extraña cuando escuché el rollo rebobinándose, ese hecho me distrajo, lo saqué y lo puse en el bolsillo delantero de mis pantalones.

Y en un instante los cuerpos de los hombres ya con el vestuario evidente de nuestros soldados de juguete, treparon los bordes del canal hasta la altura de nuestra ventana de juegos, no acabamos de entender hasta cuando los tuvimos muy próximos al muro, ingenuos cubrimos el orificio indiscreto con la caneca y pusimos rápidamente el material de desechos dentro, luego corrimos por la ladera pestilente, unos pasaron los puentes de tablas hacia sus solares, otros más avezados, tal vez más ignorantes, nos fuimos retirando mientras descubríamos la situación. Y pronto nos sorprendió la imagen de un soldado trepado ya en el muro y a punto de caer sobre el interior de la zona cercada del vecindario, otros soldados erigieron desafiantes sus cabezas en el borde del muro y yo descubrí tardíamente mi marca, la cámara colgaba de mi cuello y el soldado no dudó en cortar mi entrada al solar de mi casa, yo alcancé el puente de tablas y lo esquivé hacia la otra orilla saltando entre matorrales y cercas conocidas, intuí en mi huida la causa de la invasión armada a nuestro territorio de juegos, entonces saqué el rollo de mi bolsillo y ya perdido aunque oculto en una casilla para el gas del vecindario, con el soldado a punto de descubrirme, saqué mi cantimplora con jugo de zanahoria y naranja para la tarde, vacié su contenido e introduje el rollo, puse la tapa y la arrojé a un chorro lateral que nutría el caño principal. Me senté a respirar el cansancio para disfrazar el miedo. El soldado había trazado la ruta de mi escondite, estaba agitado y furioso, me increpó, tomó mi cámara. Buscó con angustia dentro de la cámara y no separaba la vista de la distancia al muro y los alrededores ya poblados de ojos y de silbidos, no cesaba en indagar las verjas de los solares y entonces me preguntó por el rollo, mentí con la seguridad de no haber abandonado aún la niñez: no teníamos rollo, dije con seguridad desafiante. Amenazó con llevarse la cámara, rezongué y me aferré al cordel, exploté entre el llanto y la risa: sólo jugábamos con el flash automático, no tenemos dinero para gaseosa menos para rollos. Y empecé a gritar y las cuerdas empezaron a atravesar de lado a lado de las casas con canastas, papeles, campanas; también se oyeron pitos, las primeras madres asomaron sus cabezas, los perros no dejaban de ladrar, fue un ataque de artillería contundente.

Hoy tengo mi propia cámara digital con memoria y también una manera distinta de revelar mi pasado; el recuerdo ha dejado de ser una imagen soleada de la quebrada de la infancia en medio de juegos infantiles y la burla a unos soldados a quienes vencimos con nuestros laberintos; aquel día terminó como un juego inédito, ignoraba en aquellos años cuánto marcaría este hecho mi vida. Sólo recordamos en la distancia, mis horas diarias no se desprenden del recuerdo de los soldados trepando el muro, de la presión de sus dedos sobre mi antebrazo, de sus ojos indagando los míos y guiando sus manos entre mis bolsillos; el miedo estaba en otro lado, sólo pensábamos en nuestros padres y en las represalias, nuestra culpa era doméstica y los soldados apenas una variante de algún juego, una escena ya vivida en las películas de los sábados. Nos afanaba la denuncia en la casa, ante la autoridad de los padres cuyo rango se equiparaba a los soldados, éramos unos niños y estábamos protegidos por el sistema de comunicación de los cables, por los perros del vecindario, por tantas ventanas abiertas al río y por la inocencia. La verdadera toma de nuestro territorio ocurrió con la distancia, al recorrer aquella tarde y tratar de revelar las fotos en la memoria, ignoraba la esencia de los hechos y la permanencia de su registro en la cantimplora; aunque en mi conciencia la imagen va haciéndose más clara con los años, surge desde el presente anclada en el pasado. Pudo ser un hecho aislado de escarmiento, había mucho malandro en el barrio, pero se quedó en mi álbum infantil como un alfabeto.

El soldado tuvo que soltar mi cámara y apenas si le alcanzó el tiempo para trepar el muro, toda su retaguardia también se retiró del campo de batalla, todos vimos bajar la cantimplora por el río y perderse por debajo del planchón, alguien encontrará un día las fotos de esta historia. Ignoro hoy aquel impulso de esconder el rollo del soldado, eran mis fotos e intuí su culpa, la niñez nos previene de estar rindiendo cuentas. No he podido separarme de la imagen infantil trastocada con mis años de adulto, no se borran esos hombres amarrados tras los arbustos, los muertos en el basurero cesaron por un tiempo. Pronto la ciudad devoró el paisaje detrás del muro, hoy los arbustos quedan más al sur y los muertos bajan por el río grande.

Derechos reservados
© Enrique Ferrer Corredor

Escritores colombianos


GUILLERMO BUSTAMANTE Z.

Oficios de Noé

ISBN 958-97620-1-8
Colección Los Conjurados
comunpresencia@yahoo.com

Nació en Cali, Colombia en 1958. Es licenciado en Literatura e Idiomas (Universidad Santiago de Cali, 1980) y Magíster en Lingüística y Español (Universidad del Valle, 1984). Profesor de la Universidad Pedagógica Nacional. Cofundador y codirector de las revistas de minicuentos Ekuóreo y A la topa tolondra. Co-antologista (con Harold Kremer) de la Antología del cuento corto colombiano (1a. ed. Cali: Univalle, 1994; 2a. ed. Bogotá: UPN, 2004) y de Los minicuentos de Ekuóreo (Cali: Deriva, 2003). Ganador del premio Jorge Isaacs 2002 (Valle del Cauca-Colombia), en la modalidad de cuento, con el libro Convicciones y otras debilidades mentales. Tiene inédito Disposiciones y virtudes. Minicuentos impíos y Ekuóreo: un capítulo del minicuento en Colombia. En el año 2005 la Colección Los Conjurados publicó Oficios de Noé.


Credulidad

¿Qué pasa, padre? –preguntó Sem–. Te noto impaciente.

–He recibido una misión divina –contestó Noé, mirando nerviosamente alrededor–. Nadie debe enterarse. ¿Puedo confiar en ti?

«Se enloqueció –pensó Sem–. Es típico de los locos creer que el Señor en persona les ha encomendado algo especial. Igual ya tiene 600 años, puede ser una demencia senil».

–¿Y se puede saber cuál es esa misión?

–Debo fabricar un arca e introducir en ella a nuestra familia y a una pareja de cada animal viviente.

–¿Eso te parece sensato? ¿Sabes cuántas especies hay solamente de insectos? ¡No acabarías nunca! Nadie, que no quiera burlarse de ti, te pediría algo como eso. Es tu imaginación. Vete a descansar.

–Debo hacerlo, aunque en ello se me vaya la vida. ¿Acaso no ves?, ¡habrá un diluvio!

–Haz el loco como quieras. ¡Diluvio! No puedes encargarte de tu familia y sí vas a poder salvar a la humanidad y a la animalidad. ¿Por qué Dios habría de escogerte, precisamente a ti?

Sem le pidió discretamente a la gente no preocuparse si su padre manifestaba algún comportamiento extravagante.

Desde ese momento, Noé empezó a salir temprano y sólo volvía al anochecer. Siete días después, Sem notó un cambio: el viejo no salió de casa y mostraba una inquietud creciente.

–¿Cómo va tu delirio?

–Estoy esperando el comienzo del diluvio.

–Y déle. ¡En esta época nunca llueve! Además, ¿por qué habría de ocuparse Dios en llover, si hay leyes naturales para regir esas cosas?

Noé se alejó indiferente. Y comenzó a lloviznar. Sonriendo por lo irónico de la situación, Sem pensó: «Una lluvia pasajera, como las que hay en cualquier época del año».


Derechos reservados
© Guillermo Bustamante Zamudio


ESCRITORES COLOMBIANOS


MARIBEL GARCÍA MORALES

Los matices de Eva

ISBN 958-97417-2-X
Colección Los Conjurados

comunpresencia@yahoo.com
Obra pictórica: Luis Cabrera

(Tunja - Colombia). Licenciada en Idiomas de la UPTC. Realizó estudios de Lingüística y Literatura Hispanoamericana en el Instituto Caro y Cuervo. Traductora, editora e investigadora. En 1995 obtuvo Mención de Honor en el Concurso Internacional de Cuento Prensa Nueva. Sus relatos, traducciones del inglés y sus artículos, han sido publicados en diferentes libros y revistas nacionales. Actualmente está vinculada al área de fomento del Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá (ICBA) y adelanta un estudio sobre la Literatura escrita en la ciudad de Tunja desde la Colonia hasta las últimas décadas del siglo XX. En el año 2004 la Colección Los Conjurados publicó Los matices de Eva.


LA MUJER DE AGUA

Meditando sobre las precauciones que habría de tomar, la mujer dirigió su cristalino cuerpo hacia la playa. En ese momento lo vio y supo que ya nunca podría estar lejos de él.

Decidida, se prendió a su pie y en la intimidad de la ducha cada mañana lo acarició con fruición entregándole con amor su femenina presencia. El hombre no supo nunca de aquella salina amante que, en secreto, se fue yendo por entre la rejilla de su baño.



LA MUJER DE AIRE

orbellina vagó por el mundo devastando con su bella forma de aire. El otoño la llevó al hombre que la sedujo; y allí, en mitad del ensueño, apenas sintió cuando se deslizó el tapón que la dejó atrapada para siempre en ese corazón vacío.



LA MUJER DE BÁLSAMO

e pareció que el perfume era barato; su cabello, sin embargo, resultó ser cálido y sedoso, como una noche frágil en antigua compañía. La había recogido a la salida del templo y llevado a mi posada. En sus ojos negros no hubo luz, ni llanto. Se arrodilló y con cuidado me lavó los pies; de sus ropas sacó un frasco aromatizado, igual al que antes le había visto, y me acarició hasta hacerme sentir una condición primitiva de bienestar.

Su cabellera húmeda sobre mis muslos, bien valía las treinta monedas. Con gusto le alargué la bolsa. Retiró su mano y me miró con desprecio.

El perfume es el mismo pero no el ungido ­­–dijo y se fue sin voltear el rostro.

Una risa como de pájaros me sobresaltó. Miré por la ventana y vi que la rama frondosa de un árbol se confundía con los tres maderos en donde pendían los cuerpos inertes de los ajusticiados. Mientras acariciaba las monedas, sentí una extraña opresión en el cuello.


Maribel García Morales en Cuento Breve



OVIDIO, APULEYO, PETRONIO, DIODORO, BOCCACCIO...

OVIDIO, APULEYO, PETRONIO, DIODORO, BOCCACCIO, SADE, SACHER-MASOCH, LAUTRÉAMONT, NIN, LOUYS, BARBUSSE, APOLLINAIRE, GIDE, KAWABATA, GENET, BATAILLE, NABOKOV, MRABET, MISHIMA, CHALARCA, REAGE

Cuentos Perversos
ISBN 958-95209-9-5
Colección Los Conjurados
comunpresencia@yahoo.com

Los veintiséis cuentos aquí publicados para inaugurar la Colección Los Conjurados de son una implacable crítica del arte a las morales establecidas, una contundente prueba del talento de quienes con un pensamiento libre aumentaron el horizonte lúdico o hicieron más propicia y tolerante nuestra realidad. Intentamos aquí develar lo más característico y arriesgado del universo literario de los autores seleccionados, que en la mayoría de los casos fueron perseguidos, encarcelados, exilados o forzados al suicidio, por haber denunciado con sus extraordinarias obras la sociedad opresiva que les tocó vivir. La poderosa belleza de los textos elegidos y las sublimes pinturas incluidas serán para el lector fuente de goce y reflexión, y un infalible camino al asombro.


En el reino de Maldoror: Prólogo
Por Amparo Osorio

Si la literatura puede hacer belleza de la perversidad fundando escenarios de una lúdica fascinante como lo demuestran los veintiséis relatos seleccionados, y ofrecer herramientas fundamentales en el conocimiento del ser humano como lo comprobaron Freud y Jung; la colección Los Conjurados, además de pretender una vindicación de los autores incluidos, es un reconocimiento a la más libre imaginación humana.
El camino circunscrito en estos textos, más allá de una idea del bien o del mal, nos abre un espacio literario que reprimido, extraviado o escandalosamente consagrado, descifra nuestra íntima naturaleza, acercándonos a lo que Nietzsche en su Genealogía de la moral, denunció como esa equívoca conciencia que durante siglos hizo contemplar al hombre con malos ojos sus inclinaciones naturales.
Separados de nuestra profundidad, fuimos obligados a portar la máscara para tener cabida en un escenario moral establecido; las religiones estigmatizaron el hedonismo y el gran filósofo Epicuro fue severamente confiscado; así las sociedades castrantes inventaron términos como diferenciación, excluyendo la posibilidad de la otredad y del reconocimiento de aquellos seres que dirigían sus deseos hacia espacios no establecidos por la moral en uso.
El erotismo e incluso el humor negro, que han transitado desde siempre por complejos y secretos senderos y cuya ceremonia íntima se ha mantenido oscilante entre Eros y Thanatos, fueron recibiendo en el escenario de su esencia multiforme, radicales definiciones que lindaban con el prohibido universo de la perversión.
Pero si nos pertenece el cuerpo como nuestros placeres, si la imaginación se funda en él para obtener su pasaporte al estallido; podríamos afirmar que el sombrío nudo de sus actos, es tal vez la fuerza secreta, predestinada desde nuestra química galáctica.
En los relatos míticos todo era permitido, los dioses y los héroes realizaban sus sueños y asaltos sin restricciones, y en esa cruel fantasía se revelaba la fuerza sombría y originaria del ser. Resulta entonces sorprendente la antimemoria del hombre en el decurso de su historia, si leída desde el contexto testimonial de sus inicios, recordamos nuestra procedencia exacta de una Eva incestuosa.
Por eso el arte, con sus postulados de conciencia y denuncia, es el encargado, siempre, de abrir la puerta que nos mostró las búsquedas y vías de la pasión humana, que tan profundamente inquietan a la especie.
Las fiestas de la Fertilidad de la Tierra y las bacanales celebradas en homenaje a Baco, el Perfecto (según el verso de Whitman), han desaparecido; sin embargo asistimos al culto del cuerpo, verdadero objeto de devoción que ha sido despojado de su trascendencia sagrada, ahora entronizado como dios moderno, y atado a los cánones de una moral victoriana aún imperante en el desolador inicio del Siglo XXI.
Así la sucesiva fascinación oculta de ese animal que somos, de ese ser que se esconde bajo los párpados, afirma también que todos, en el más indescifrable de nuestros pliegues, somos la confirmación exacta de Narciso, es decir: la certeza de nuestra propia e insalvable obsesión; porque el yo es insuperable.
El recorrido de esta antología, nos lleva por varios estadios de los temas proscritos, donde existen los más reconocidos matices de la perversión amalgamada con el erotismo.
Apuleyo en su Asno de oro, que podría ser un anticipo feliz de Kafka, si pensamos en su punto de vista narrativo, devela su resplandeciente humor zoofílico, tema igualmente latente en el cuento extraído de Las mil y una noches donde una princesa sexualizada por un mono crea una divertida situación inolvidable.
Con Sacher-Masoch y Sade asistimos a la violencia propuesta como un despiadado instinto territorial del placer, en un encarnizado juego del poder sexual; donde la sangre y el castigo reinan.
Bataille desde otra orilla, en la historia de sus jóvenes protagonistas, nos muestra la forma como éstos convierten el ajedrez del deseo en una escena surrealista, con imágenes provocadoras de un delicioso infantilismo.
A través de la pluma de Nabokov y caminando entre sus destellos de humor negro, sabemos lo que le puede pasar a un adulto cuando es pervertido por una niña libidinosa.
El Premio Nobel japonés Yasunari Kawabata crea una situación transgresora cuando el anciano de su historia condenado a acostarse con una joven narcotizada, intenta inútilmente rescatar el erotismo que ha huido con sus años.
Barbusse nos deja ver por un orificio el despertar del deseo entre una pareja de hermanos, y dentro de ese mismo espacio incestuoso, el adolescente que protagoniza la historia de Mishima observa a su madre haciendo el amor con un marinero, como preámbulo de una venganza que será la recreación japonesa del mito de Edipo.
Para Genet el despiadado acto planteado por su personaje Querella, es la forma de expiar un crimen, llevándonos en su relato a una ejecución interior devastadora.
Anaïs Nin y Cydno de Mitilene –esta última de existencia casi ilusoria– ven el deseo con ojos femeninos y fundan dentro de sus literaturas crueles ceremonias.
Y como las artes plásticas también son festejadas en este libro, el magistral dibujo de Miguel Ángel titulado: El rapto de Ganímedes, plasma la violación del hermoso efebo a manos –mejor a garras– del dios Júpiter convertido en águila; mientras Balthus, uno de los artistas más controvertidos del siglo XX, recrea a una de sus niñas impúdicas en un cuadro lleno de simbolismos, junto a un gato que bebe leche.
Dioses y hombres en el concierto del mundo han desafiado los conductos de una razón establecida y testimoniando sus libertades individuales han sido exiliados y proscritos.
Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont, considerado por los surrealistas como el genio de la rebeldía, dentro de la más alta poesía maligna, lleva a su personaje central, Maldodor, a hacer el amor con un tiburón hembra, en uno de los episodios más perversos y deslumbrantes de la literatura. Hay una variedad tal de frenesí en Lautréamont, una potencia tal de metamorfosis, que la ruptura de los instintos se encuentra, a nuestro parecer, realizada (Bachelard).
Pero si el siglo XX trajo consigo la liberación femenina y se extendieron y multiplicaron los estudios de sexología y psicoanálisis en su analítico intento por descifrar esa summa de creencias, costumbres y valores que rigen los comportamientos de la criatura humana, es posible que el siglo XXI sea regido por los postulados de Bruckner y Finkielkraut en El nuevo desorden amoroso, que proclaman: Unirse no debe conducir a otra cosa que fundirse de nuevo y de mil maneras, con mil otros mundos.
Dicha idea conduciría a una nueva comprobación en el sentido de que esas verdades develadas, o transgresiones lúdicas –el camino a las sensaciones del goce, a partir del cual surgen grandes interrogantes filosóficos y metafísicos que habitan en nuestra alquimia–, continúan y seguirán constituyendo uno de los grandes y complejos equipajes del hombre en su viaje terrenal.
Para recorrer estos Cuentos perversos, nada sería entonces más acertado que recordar aquel graffiti escrito en Nanterre durante los episodios de Mayo del 68: Inventen nuevas perversiones, ¡yo no puedo más...! y evocar la cínica frase del filósofo rumano E. M. Cioran que colma de humor esta visión transgresora: Dichosos Onan, Sade, Masoch... sus nombres, lo mismo que sus grandes proezas, no envejecerán jamás.

JOSÉ CHALARCA

Trilogio

ISBN 958-95209-6-0
Colección Los Conjurados
comunpresencia@yahoo.com

(Manizales, Colombia, 1941). Ha publicado tres libros de cuentos: Color de hormiga (1973), El contador de cuentos (1980), y Las muertes de Caín (1993); tres de ensayo: El oficio de preguntar (1983), Yourcenar o la profundidad (1987) y La escritura como pasión (1996). Es autor de dos obras para niños: Diario de una infancia (1984) y Aventuras ilustradas del café (1989). Actualmente trabaja en un libro de ensayos sobre la literatura de la segunda mitad del siglo XX, titulado El Biblonauta. Su antología de cuentos Trilogio apareció en la Colección internacional Los Conjurados (2001) de Común Presencia Editores.



LUCERO
Para Leonel Góngora

Le dije a papá que eran muchas cosas, que no debíamos echar­las todas en un sólo viaje. Pero no me hizo caso.

A esa hora –casi las seis de la tarde–, estaba de mal humor. Era el final de un día difícil, pesado; no habíamos logrado conseguir ningún trabajo y la espera resulta siempre más fatigosa que la acción.

Yo estaba hambriento; apenas tomamos un vaso de leche a la hora del almuerzo y tenía –literalmente–, el estómago pegado a las costillas.

Cuando llegó la señora y después de discutir con varios carretilleros y se avino al precio fijado por papá sin ver las muchas cosas que era necesario movilizar, yo sentí una mezcla de alegría y de pena. De un lado la perspectiva de regresar a casa; de otro el esfuerzo que tendría que hacer el pobre Lucero, nues­tro caballo.

Entre los dos terminamos de subir los corotos a la carretil­la como a las seis y media y de inmediato iniciamos la marcha. El trayecto era corto pero casi todo por una de las más empinadas calles de Manizales.

Yo iba detrás halando la carretilla, con todas las pocas fuerzas de mis diez años. Faltaba una parte escasa del recorrido y de pronto Lucero pisó en falso y se fue al suelo sobre sus manos. El impacto del golpe rompió los lazos y todos los enseres que transportaba la carretilla se esparcieron por la calle.

Papá desenganchó a Lucero que no pudo pararse. Rápidamente terminamos de arrimar a hombro las cosas del trasteo y volvimos a ver lo que ocurría al animal.

Tenía la mano derecha fracturada. Cuando miré a sus ojos grandes diciéndome el dolor que padecía, sentí que el mundo se derrumbaba a mi alrededor. Hice un esfuerzo para contener las lágrimas; delante de papá no se podía llorar porque era un fanático de la sentencia: “los hombres no lloran”.

Dijo entonces que no había nada que hacer y se fue en búsqueda de un policía que rematara a Lucero de un tiro de revólver. Cuando el agente cumplió su cometido tuve entonces plena conciencia de que con el caballo se iba una amistad entrañable y se precipitaba sobre nuestro hogar una densa sombra de hambre y de penuria.

Un circo que hacía temporada en Manizales compró a papá el caballo para alimento de las fieras. Le dieron treinta y cinco pesos, más dos entradas para la función de la noche en locali­dades de platea.

Aunque era el primer circo de mi vida, con la complicidad de la semipenumbra dejé correr mi llanto y recé por Lucero durante todo el espectáculo. Desde entonces nunca he podido gustar del circo.


Derechos reservados
© José Chalarca